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domingo, 17 de febrero de 2013

El viejo y el mar

Con once o doce años, uno tenía la idea de que en una novela hay mucha acción y al final alguien -vamos a llamarle "el bueno"- gana, pero en El viejo y el mar era justo al contrario: las reflexiones del protagonista ocupaban tanto como la acción, si no más, y toda su lucha contra el tiempo, contra el pez y contra los tiburones resultaba en derrota. ¿Diré que aquello me gustó o simplemente que me sorprendió? No sé, pero siempre he tenido buen recuerdo de mi primer contacto con dicha novela, recuerdo que se ha confirmado al releerla a más de seis lustros de distancia.


 No sé cuántas veces se ha llevado esta historia a la pantalla; en la versión que tengo, el protagonista es uno de los actores más versátiles de todo el S. XX, Anthony Quinn. Pocos pueden presumir de haber encarnado a tal variedad de personajes tanto históricos -Atila, Hamza, Caballo Loco, Gauguin, Abu Tayi, Omar Muxtar- como literarios: Antínoo, Barrabás, Quasimodo, Alexis Zorba, Kiril Lakota y aquí, el viejo Santiago. Y otros muchos desde el inmigrante griego de Sueño de reyes hasta el pastor vasco de El pasaje. Un actor entrañable como pocos, con un personaje hecho a medida.




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