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domingo, 31 de marzo de 2013

Llamadme...

    Nunca olvidaré el brillo del odio en sus ojos cuando le corté la pierna. Que nadie me acuse de crueldad pues lo hice en buena lid y ni siquiera lo rematé como era mi derecho. No sentí placer -el enemigo también tiene su dignidad- ni remordimiento, ya que él mismo se lo había buscado. Su mirada cuando se me abalanzó cuchillo en mano lo decía todo. A  nadie le gusta luchar pero a veces hay que hacerlo y yo nunca he provocado a nadie sino que siempre he luchado por los míos y por mi morada.

   Su mirada decía que el mundo era demasiado pequeño para los dos pero el mundo es grande y cabemos todos. En unos sitios da el sol y nada es más agradable que jugar bajo él, viéndolo desplazarse y gozando del estallido de sus colores al sumergirse  y emerger. Otros lugares son fríos, oscuros y buenos para esconderse. Y hay lugares misteriosos de donde vienen ellos. Si el mundo es ancho y hay sitio para todos, por qué ellos se empeñan en matar y saquear.

  También sé que quisieran exterminar mi raza por el color de mi piel. Alguien ha dicho que mi color es símbolo de mi carácter taimado y emblema de mi maldad.

  Dicen los resentidos que soy inmortal. Que hasta ahora nadie me haya vencido no significa nada. Soy vulnerable, como lo atestigua ese hueso torcido de mi mandíbula y las cicatrices que me recorren. Mi piel está llena de cicatrices de todas las formas y tamaños, como la de todo cazador y guerrero, y alguna herida no cicatrizará. Cuando llegue mi hora me dejaré arrastrar a cualquier playa solitaria hasta la que me seguirán, para llevárseme en pedazos, las gaviotas, los cuervos marinos y esos albatros que tantas veces han precedido mis apariciones. Hasta entonces, seguiré luchando.

  ¿Quién me destruirá? Hasta ahora siempre he vencido a cuantos se creyeron capaces de matarme y no he vuelto a ver a ninguno de los que dejé escapar. Todos admitían la derrota. Sólo él se marchó resentido. Sólo en sus ojos he visto brillar el odio. Un odio mayor que el mar. Un odio que ni  siquiera he visto en los ojos de los calamares gigantes cuando, tras horas de lucha, se rinden. Un odio que quizás lo lleve a un ataúd que no ha sido hecho por manos humanas...

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  Interrumpió estas reflexiones el grito feroz y entusiasmado del capitán Ahab:

  -¡Allá resopla! ¡Una joroba como un monte de nieve! ¡Es Moby Dick!


   29 - IV - 2.002
 

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