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sábado, 1 de junio de 2013

De cómo es el martes trece día de malos presagios y de lo que acontesció a uno que atrevióse a desoírlos


Érase un martes, además un trece,
érase una ocasión de maravilla,
érase un día que recordar merece,
incluso por el pincho de tortilla.

Éranse días en que el sol se mece,
inquieto, por el cielo de Castilla
y el fresco de la noche permanece
tras haber recorrido varias millas.

El día en que el viajero despistado
las tierras de Almazán recorrer quiso
cual si orégano todo el monte fuera

y no tardó en sentirse extravïado
a través de un camino todo liso,
no del sendero que él andar quisiera.


 Los hechos de este poema ocurrieron el martes 13 de abril de 2004, cuando pretendí realizar la travesía Tardelcuende-Almazán atravesando una parte de la Tierra de Pinares, pero, en la zona que se había quemado cuatro años antes, no pude ver señales, y así recorrí dos lados del triángulo, accediendo bastante tarde a mi destino. Aun así, llegué a tiempo no sólo de coger el autobús sino también de comer un pincho de tortilla en el bar de la estación.
 No deja de ser curioso que a poco de llegar a Almazán vi -fugazmente- una liebre. ¿Qué ocurre si se ve una liebre en martes 13? ¿Mala suerte por partida doble? ¿O bien ambos malos presagios se anulan mutuamente? 



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