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jueves, 13 de junio de 2013

El final del camino

  Aquella noche de bodas fue también, para los dos, noche de triunfo. Para ella porque volvía a ser reina, porque en su trono y en su lecho volvía a haber un hombre que, por fin, engendraría un heredero libre de presagios. Para él, porque al fin tenía el premio tras años de luchas y de huidas, tras años de no encontrar su sitio. La diferencia de edad era notable, pero no le importaba que aquella mujer pudiera ser su madre, si todavía era fértil y bella, de una belleza que parecía más de lo que sus ojos podían soportar, tan bella que su cuerpo podía ser lo último que él viera en este mundo, y aun así se iría satisfecho. Ya llegarían las cargas de administrar el reino y los sinsabores inherentes a la corona, pero aquella noche debían echar para atrás el tiempo, había que regresar al andrógino ancestral, a la mítica bestia de dos espaldas, a los tiempos en que no existía el temor al hado ni a los dioses, y así poder refundar la realidad a su gusto  y capricho.

  Ella se reía de los correos que hablaban de hambre, peste, malas cosechas... Con un nuevo rey en el trono y la tierra bajo él, todo volvería a su cauce. Por la mente de él pasaban todas las sendas que habían recorrido sus pies hinchados huyendo de aquella ominosa profecía. Aquel león que atacaba los rebaños, traspasado por un dardo y rematado a lanzadas al que volviera a ver cuando su espada atravesó el pecho de aquel hombre que le cerraba el camino y en cuyos ojos se sintió reflejado... El primer combate le había hecho ver que ya era capaz de tomar sus propias decisiones y el segundo se lo había confirmado. Al principio sólo había pensado en defenderse, luego supo que su enemigo era su igual y uno de los dos debía morir. Y así ambos habían pasado por su mente cuando, sin más armas que la palabra, a pie firme y sin corazas, había librado su tercer combate, el que le había hecho rey. El que le daba por fin el premio de los anteriores. El que había puesto en sus manos una ciudad y una reina no por matar a un hombre ni a un león sino por resolver un enigma. Cuando el amanecer le sorprendió contemplando ensimismado el cuerpo desnudo y acezante de Yocasta, Edipo sintió que por fin había llegado al final del camino.

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  Posiblemente Edipo sea el personaje más desdichado de toda la mitología griega, y aquí he querido contar el momento en que fue feliz. Claro, fue feliz cometiendo incesto tras haber cometido parricidio pero él, ¿qué culpa tenía?

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