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miércoles, 12 de junio de 2013

El mar o la montaña

   Si decidirse por un destino u otro ya era de por sí difícil, a su edad más todavía, y tratándose de alguien que en un periodo tan largo apenas había salido de su región, la disyuntiva era atroz. La necesidad de elegir de inmediato complicaba todavía más la situación. Ver la inmensidad azul y las maravillas que encerraba con sus cambios de color tan distintos como el día y la noche, sentirse aislado del mundo y al mismo tiempo unido con toda la humanidad y el resto de seres vivos, y a la vez la claustrofobia, el miedo a las tormentas y a los naufragios... Por otro lado estaba ver el sol salir y ponerse sobre los picos, las  trochas, veredas y sendas perdiéndose de un lado a otro entre bosques, prados y canchales... Pero llevaba siglos sin ir a las montañas y aquellas puñeteras cuestas debían hacérsele bastante más duras que en su ya lejanísima juventud. Y la soledad allá arriba se soportaría peor, porque seguramente no seguirían muchas personas ese camino. Lo cierto es que nunca se había negado a los deseos de su nieto favorito, ni a los de esos alegres bisnietos trillizos que ya hacían planes de recorrer el mundo entero. Y a pesar de estar acostumbrado al agua fresca de los arroyos y a la leche de sus cabras, es de creer que la promesa de una bebida nueva, desconocida, capaz de crear toda clase de inesperadas sensaciones, y reservada sólo a los navegantes contribuyó también a que se decidiera.

   Sem, Cam y Jafet saltaron de alegría cuando Noé les comunicó, sonriente y satisfecho, que el abuelo Matusalén, a sus novecientos cuarenta y nueve años, se había animado a venir en el Arca.

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