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viernes, 14 de junio de 2013

In memoriam C. M. G.


  Es una tarde indefinida; es un día de sol frío, de esa época que ya no es invierno pero tampoco es todavía primavera; o que ya es primavera sin haber dejado de ser invierno. El cielo es un desierto con una mancha blanca -un águila- y una mancha herrumbrosa -un milano-, ambas sin rumbo.
                                                                                                                                                                                                          













  Tras andar un trecho me siento en un claro del bosque lleno de flores de aladierno y saco un libro del bolsillo: Todos los cuentos, de Carmen Martín Gaite. Por un momento floto entre dos mundos paralelos, pues absorbo a la vez los efluvios que, tras el letargo, se van desperezando según se alarga el día y las historias de esa gente sencilla, humilde, ninguneada, y al mismo tiempo llena de viejas ilusiones que quizás en algún momento pudieron ser tan frescas como esta primavera. Dos mundos concéntricos.

 Una tarde de otoño, cuando el oro esbelto de los abedules mancha un cielo cada día más pálido. Un cielo en el que septiembre lucha todavía, a pesar de ser ya octubre. El inquilino de mi bolso se llama Retahílas y, a pesar de no parecerme gran cosa al principio, según voy leyendo me engancha más y más hasta que ni yo mismo sé si he vivido la vida de Germán o la de Eulalia. Entonces viene el dilema: leer día y noche hasta el final o saltar a tierra unas horas y alargar el placer postergando la lectura. Mucho tiempo después de cerrar el libro, su vaho tibio sigue arrullando al lector, defendiéndolo de desengaños e inclemencias.

 Como no hay dos sin tres, el tercer libro se titula Dos cuentos maravillosos y es una rápida incursión en el reino de la fantasía. O una fugaz azeifa de fantasía en lo cotidiano. Es, entre otras muchas cosas, una reivindicación del derecho de cada persona a ser un pequeño dios, a crear su propio mundo, a comerse, como dice un personaje, el pastel del diablo; a manejar a gusto y capricho esa máquina que, desde dentro de la cabeza, desde el lado izquierdo del pecho o desde mucho más lejos -quién sabe-, nos enseña el camino en medio de este caos que llamamos mundo.





   Carmen Martín Gaite murió poco después de que yo leyera El cuarto de atrás, libro en el que habla de muchas cosas, entre ellas de sus recuerdos de niña y adolescente en unos tiempos que, como otros muchos, eran malos para la lírica, y de su intención de escribir con una lengua lo más viva posible. (Cumplida con creces, añado.) Por unos meses no verá el final de este siglo veinte -cambalache- y el principio del siguiente. Llegarán tiempos nuevos y el sol seguirá alumbrando tantas y tantas historias... En un siglo u otro seguiremos preguntándonos si vivir vale o no la pena, y el testimonio de quienes, como decía Borges, ejercen el oficio de cambiar la vida en palabras seguirá siendo una de las muchas razones que nos impulsen a seguir adelante.



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