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jueves, 18 de julio de 2013

Frases (contra)hechas

 Cuando el jefe le dijo a X...: ¡Me has puesto en un membrete! me costó mucho imaginármelo en tal situación.

-¡Este tío fresco!¡Se figurará que tiene patente de corcho para hacer lo que le dé la gana! ¡Qué jeta!

 Lo de la patente de corcho ya era más fácil de comprender, seguramente era una forma velada de llamarle alcornoque. Lo de que le habían hecho un lavabo de cerebro ya era un poco más complicado pero de todos modos preferí no mentar la soga en casa del herrero y lo cierto es que mientras el jefe se esforzaba por salir del membrete me acabó entrando una depresión de caballo, y por eso al final allí fue el llanto y el relinchar de dientes.

martes, 9 de julio de 2013

Recuerdo de Cortázar (II)

Y éste es el relato al que hago alusión al final del texto anterior.

Feliz cumpleaños

   Se levantó un tanto agobiado por todo lo que la fiesta había traído consigo. La resaca y la gente. Pero no le costó mucho barrer la casa, llevar la basura e ir poniendo cada regalo en su sitio. Cuánta gente y cuántos regalos.
  Y de entre toda la gente esas trillizas tan reservadas, que al final no quedó claro de quién eran amigas, pero que le habían traído los tres mejores regalos. ¿Cómo se llamaban? Sólo alcanzaba a recordar que el nombre de una empezaba por La- y los otros dos nombres ternían varias oes. Y todo el rato las tres juntas, nunca se separaban.
  Bebió un trago largo de agua para ahogar los martillazos que alguien daba dentro de su cráneo y recordó el momento en que las trillizas le entregaron los tres regalos. Los miró otra vez. El libro todavía tenía el precinto puesto, ("Se lo quitaré luego, cuando empiece a leerlo.") y el cachorro dormitaba satisfecho. Acarició por un momento su piel abigarrada de ocre, castaño y arena y le pareció ver un esbozo de sonrisa entre ronquidos y como si el animal lanzara una mirada cariñosa a pesar de tener los ojos cerrados.

        Luego se dirigió hacia el nenúfar, que ahora parecía ser bastante más grande que en el momento en que se lo entregaron. ("Debe ser verdad eso de que doblan su tamaño en un día y una noche.") Como la casa estaba ya en orden decidió echarse una siesta. No tenía prisa.

                                                                                    

Las trillizas no se iban de su mente. Aunque en algún momento intentara escucharlas, era difícil seguirles el hilo, pues todo lo que duró la fiesta fueron parcas en palabras. Hablaban como si emitieran sentencias, y sólo en el momento de entregarle los regalos -unos minutos antes de marcharse- se le habían dirigido muy afectuosamente, le habían hablado como sólo se habla a un viejo amigo y le habían prodigado todo tipo de felicitaciones, parabienes y enhorabuenas. Al final le daba igual no saber los nombres, lo importante era el detalle que habían tenido al hacer esos regalos a alguien a quien apenas conocían.

 Tras la siesta decidió cambiar de sitio el nenúfar, pensando -bien que inconscientemente- que ya abarcaba media habitación. El cachorro, juguetón como un niño travieso, le salió al encuentro restregándose en sus piernas y lanzando una sonrisa que incluso a él, que no era ningún experto en cuestiones taxonómicas, le dio la impresión de ser más propia de una hiena que de un perro. Y por cierto que aquellos andares también le recordaban menos a los de un perro que a los de un... A los de un... No le vino ningún nombre y se asustó un poco cuando al mirar primero al reloj y luego a la ventana comprobó que ya era un nuevo día. ¡La siesta había durado toda la tarde y toda la noche!



 Se duchó parsimoniosamente, se hizo un desayuno ligero y tras darle algo de comer al cachorro ("Tiene dientes de leche pero ya puede comer cualquier cosa" -recordaba que le había dicho la última trilliza.), se tumbó en el sofá y empezó a empaparse de las maravillosas historias que relataba el libro. Era una antología de la literatura fantástica universal, con autores que le sonaban -Borges, Cortázar, José María Merino,  Juan José Millás- y otros desconocidos, como un tal Javier del Valle. Lloró de emoción ante el dios desterrado que moría cuando un rey mandaba echar al fuego un tronco guardado desde tiempos inmemoriales y se sorprendió con el hombre convertido en libro en una fecha llena de sietes. Desde los dos hermanos que deben huir precipitadamente de una casa ocupada por algo maligno hasta la mujer trucha que no deja de fascinar a un inexperto pescador, todo un nuevo mundo se abría ante él. Por no hablar de la estatua hipnótica que atraía a sus víctimas a la asfixiante espesura de un a primera vista apacible jardín botánico. O de la fascinación que sintió por Laura, de quien se enamoraba Vicente al descubrir que ella tenía el ojo que él había perdido. Un universo de historias fantásticas se desplegaba ante él desde la primera hasta la última página del libro.
 Anochecía cuando dejó de leer, en parte por hallarse ya bastante cansado y en parte porque le iban llegando unos ruidos raros, extrañamente cercanos. Al escuchar le pareció distinguir algo así como una risa esporádica y el suave frotar de hojas inmensas por las paredes. Salió de su habitación y así no llegó a leer la última historia, la del hombre atrapado en su propia casa por espesas frondas de crecimiento constante entre las cuales aparecían y desaparecían -chispas de incendios letales- los ojos brillantes y ansiosos de una fiera cuya ominosa risa se dejaba oír a intervalos cada vez más breves, como preludio del salto final.                                    
                                                                                    



He de decir que había dos posibilidades para la frase final de este relato. La otra era: la última historia, la de la fiesta de cumpleaños en la que se presentaron las Parcas...
En cualquier caso, creo que la elegida era la mejor.

lunes, 8 de julio de 2013

Recuerdo de Cortázar (I)


  Como decía con ardor el presidente Roosevelt, el miedo a las hormigas lo crean ellas mismas.

   CORTÁZAR, Julio: Los autonautas de la cosmopista


 En este mes de julio nada mejor que recordar a alguno de los escritores con ese nombre, y por eso aprovecho para rescatar lo que escribí sobre Cortázar cuando, por fin, conseguí prologar un número de Iruñean behin, la revista del Aula de Literatura de la Casa de la Juventud de Pamplona.


Esta noche nuestras voces remontarán el viento.
C ontaremos las estrellas para ahuyentar las penas.

       Amaral,  Subamos al cielo




    
   En la noche palindrómica de las nOmenclaturas estelares y los gazapos inocentes, entre instrucciones para recorrer la cosmopista, los meteoros de hormigas vuelan por entre los bufidos de minotauros que rumian su destino sabiendo que nunca se borrarán de la memoria de los hombRes.
  Entre otras presencias de cometas, la ceguera de Borges nos ilumina y nos hace preguntarnos por qué los Julios no mueren en julio. Por qué se les asesina el caTorce de marzo -el mes leopardo, el agazapado- o por qué una transfusión de sangre envenenada se los lleva entre los espejos de nieve de febrero. Los licÁntropos, como el conde Potocki, se suicidan con balas de plata, pero el Lobo Blanco tuvo una muerte no predicha en sus relatos. ¿Ha de morir un autor imitando a sus personajes? Los bestiarios ofrecen muchas posibilidades, el aZar decide. La realidad -demasiado bien él lo sabía- siempre supera a la ficción.
  Así seguiremos huyendo de casas tomadas y enumerando hircocervos de rayuela, subiendo escaleras de octAedros hasta llegar a esa estrella palindrómica y autonauta en cuyo honor he escrito ese relato al que, para no parecer demasiado plagiario, no he titulado Ubicuidad de las PaRcas.


 

domingo, 7 de julio de 2013

Gestos de caballo y ángeles trípteros


  Hace algún tiempo que supe de la existencia de una escritora extremeña llamada Ada Salas, nombre realmente notable pues no sólo es monovocálico sino que tanto el nombre como el apellido son palíndromos.

 En el volumen No duerme el animal se recogen cuatro poemarios publicados entre 1987 y 2003: Arte y memoria del inocente, Variaciones en blanco, La sed y Lugar de la derrota, formados todos ellos por textos hiperbreves:

  Debajo de la luz había muertos.
  Pronunciaban sus nombres como lluvia.
  Ahora que la luz
  se ha retirado

 aprendo lentamente


el lento balbuceo del olvido.

(La sed) 

Algunos constan de una sola imagen:

Más allá





un bosque innumerable de silencios.

(Variaciones en blanco)


El yo poético aparece con frecuencia: Vi quebrarse los bosques/como espaldas antiguas...   Bebo la sangre blanca...    Conozco las edades de la hiedra...  (Arte y memoria del inocente)Honda en la noche/ escribo...   Sobre mi triste cuerpo...  Vencida vengo/ a mí/ y en soledad/ comulgo las palabras del olvido...  (Variaciones en blanco), y la presencia de la naturaleza transmite una cierta sensación de ahogo y al mismo tiempo de regresión a épocas arcaicas: ...boscajes laberintos...  ...las edades de la hiedra...  ...con oleaje/y brazos de serpiente... ...el rastro de los musgos/la mordiente humedad del árbol/ maligno... ...al extraño murmullo que producen las hierbas/al helecho  y al trébol... (Arte y memoria del inocente).

Ignoro si A.S. ha seguido escribiendo tras acabar estos libros pero, en cualquier caso, los últimos textos parecen una despedida en toda regla:  

Ahora sé que sólo
una forma del miedo
es la esperanza.

Una forma
del miedo.

Es ancha sin embargo
y nos cobija.

Y no quema su sombra.
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Las palabras que dije ya no
me significan. No sabía que a todo
le sucede lo mismo
y que mueren de tiempo
también
las palabras. O seré yo
tal vez. O seremos lo mismo.

Un oscuro temblor donde resuena
lejos

lo vivido. 
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(...)

Reúno los despojos. Abrazo 
los cadáveres

y con ellos enciendo

esta pira común para el olvido.

(Lugar de la derrota)


He de mencionar, por último, algunos versos que me han llamado especialmente la atención, como el primero de todos:

Tiene la tarde un gesto de caballo/sorprendido...

Otros dos, también de Arte y memoria del inocente, cuya imagen es casi chamánica:

la danza el vuelo el brillo
del cuervo y de la garza.

Y, sobre todo, la definición del dolor en Variaciones en blanco:

 ...ángel
 con tres alas de arena.



  ¿Cuál es el animal que no duerme? Al primer vistazo se podría tomar por un guepardo, pero, de acuerdo con la sensación de retroceso temporal de que hablábamos antes, uno prefiere pensar en alguna bestia de tiempos prehumanos, prehomínidos incluso, oculta entre los musgos y helechos de la mente.







 Quizás no haya que irse tan lejos, pues los dientes y uñas de algún animalillo como el suslik pueden servir también para los sueños más profundos.