seguir por correo

martes, 9 de julio de 2013

Recuerdo de Cortázar (II)

Y éste es el relato al que hago alusión al final del texto anterior.

Feliz cumpleaños

   Se levantó un tanto agobiado por todo lo que la fiesta había traído consigo. La resaca y la gente. Pero no le costó mucho barrer la casa, llevar la basura e ir poniendo cada regalo en su sitio. Cuánta gente y cuántos regalos.
  Y de entre toda la gente esas trillizas tan reservadas, que al final no quedó claro de quién eran amigas, pero que le habían traído los tres mejores regalos. ¿Cómo se llamaban? Sólo alcanzaba a recordar que el nombre de una empezaba por La- y los otros dos nombres ternían varias oes. Y todo el rato las tres juntas, nunca se separaban.
  Bebió un trago largo de agua para ahogar los martillazos que alguien daba dentro de su cráneo y recordó el momento en que las trillizas le entregaron los tres regalos. Los miró otra vez. El libro todavía tenía el precinto puesto, ("Se lo quitaré luego, cuando empiece a leerlo.") y el cachorro dormitaba satisfecho. Acarició por un momento su piel abigarrada de ocre, castaño y arena y le pareció ver un esbozo de sonrisa entre ronquidos y como si el animal lanzara una mirada cariñosa a pesar de tener los ojos cerrados.

        Luego se dirigió hacia el nenúfar, que ahora parecía ser bastante más grande que en el momento en que se lo entregaron. ("Debe ser verdad eso de que doblan su tamaño en un día y una noche.") Como la casa estaba ya en orden decidió echarse una siesta. No tenía prisa.

                                                                                    

Las trillizas no se iban de su mente. Aunque en algún momento intentara escucharlas, era difícil seguirles el hilo, pues todo lo que duró la fiesta fueron parcas en palabras. Hablaban como si emitieran sentencias, y sólo en el momento de entregarle los regalos -unos minutos antes de marcharse- se le habían dirigido muy afectuosamente, le habían hablado como sólo se habla a un viejo amigo y le habían prodigado todo tipo de felicitaciones, parabienes y enhorabuenas. Al final le daba igual no saber los nombres, lo importante era el detalle que habían tenido al hacer esos regalos a alguien a quien apenas conocían.

 Tras la siesta decidió cambiar de sitio el nenúfar, pensando -bien que inconscientemente- que ya abarcaba media habitación. El cachorro, juguetón como un niño travieso, le salió al encuentro restregándose en sus piernas y lanzando una sonrisa que incluso a él, que no era ningún experto en cuestiones taxonómicas, le dio la impresión de ser más propia de una hiena que de un perro. Y por cierto que aquellos andares también le recordaban menos a los de un perro que a los de un... A los de un... No le vino ningún nombre y se asustó un poco cuando al mirar primero al reloj y luego a la ventana comprobó que ya era un nuevo día. ¡La siesta había durado toda la tarde y toda la noche!



 Se duchó parsimoniosamente, se hizo un desayuno ligero y tras darle algo de comer al cachorro ("Tiene dientes de leche pero ya puede comer cualquier cosa" -recordaba que le había dicho la última trilliza.), se tumbó en el sofá y empezó a empaparse de las maravillosas historias que relataba el libro. Era una antología de la literatura fantástica universal, con autores que le sonaban -Borges, Cortázar, José María Merino,  Juan José Millás- y otros desconocidos, como un tal Javier del Valle. Lloró de emoción ante el dios desterrado que moría cuando un rey mandaba echar al fuego un tronco guardado desde tiempos inmemoriales y se sorprendió con el hombre convertido en libro en una fecha llena de sietes. Desde los dos hermanos que deben huir precipitadamente de una casa ocupada por algo maligno hasta la mujer trucha que no deja de fascinar a un inexperto pescador, todo un nuevo mundo se abría ante él. Por no hablar de la estatua hipnótica que atraía a sus víctimas a la asfixiante espesura de un a primera vista apacible jardín botánico. O de la fascinación que sintió por Laura, de quien se enamoraba Vicente al descubrir que ella tenía el ojo que él había perdido. Un universo de historias fantásticas se desplegaba ante él desde la primera hasta la última página del libro.
 Anochecía cuando dejó de leer, en parte por hallarse ya bastante cansado y en parte porque le iban llegando unos ruidos raros, extrañamente cercanos. Al escuchar le pareció distinguir algo así como una risa esporádica y el suave frotar de hojas inmensas por las paredes. Salió de su habitación y así no llegó a leer la última historia, la del hombre atrapado en su propia casa por espesas frondas de crecimiento constante entre las cuales aparecían y desaparecían -chispas de incendios letales- los ojos brillantes y ansiosos de una fiera cuya ominosa risa se dejaba oír a intervalos cada vez más breves, como preludio del salto final.                                    
                                                                                    



He de decir que había dos posibilidades para la frase final de este relato. La otra era: la última historia, la de la fiesta de cumpleaños en la que se presentaron las Parcas...
En cualquier caso, creo que la elegida era la mejor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario