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martes, 17 de septiembre de 2013

Veinte años y un diente roto

La noche agita sus melenas
y absorbe la frescura del desierto.
Segura de sí misma,
sonríe
y acecha.

Entre manchas de deseo
la luna se deja ver;
una lágrima apenas.

Se fue mi canción,
sólo existirá la verdad.

Quedaron en el camino
muchos días oxidados
por las tormentas de arena.
 Es un caballo nuevo el que relincha
y esparce las viejas horas.

El reloj de arena ya ha medido
el tiempo denso de los muertos.
El tiempo ligero de los vivos
aguarda
tras la esquina de la noche.

Sólo entonces me desnudo
de los días arrugados
y me lavo el sudor del tiempo ido
con la escarcha -tan incierta-
del mañana.

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