seguir por correo

viernes, 15 de noviembre de 2013

La chica del anuncio I

  Ahí solía verla, perdida en medio de la campiña y del tiempo, con esa sonrisa, esos ojos pardos y la hierba fresca hasta las rodillas. El primer día sólo la miré, de forma discreta pero fijamente. El segundo día permanecí un rato a su lado, sin perder de vista -pero como quien no mira- ese precioso ombligo enmarcado por una camiseta color plátano y unos vaqueros raídos. (La ropa interior la imaginé morada.) El tercer día ya me atreví a seguir -menos con los ojos que con la mente- el vaivén de sus cabellos al viento y de su pecho al respirar. El cuarto día acerqué mis labios a su oreja y nadie más que ella y yo sabrá nunca lo que le dije. El quinto día besé sus labios y su ombligo y desde entonces soy feliz con ella y no me importa lo más mínimo que el mundo se haya vuelto estrecho y oscuro desde ese día, ni que mi mujer esté siempre entre indignada y sorprendida, ni que mis hijos se nos queden mirando embobados, como si estuviéramos dentro del televisor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario