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lunes, 30 de diciembre de 2013

El Bibliotecario de Babel

Aún no sé qué me hizo sospechar de esos dos aspirantes a
bibliotecarios que decían haber sido, en una época anterior de sus  vidas, cura y barbero.

MEDRANO, Alejandro: Memorias de un funcionario del INEM 


 Aunque ya era viejo no leía novelas de amor, pero al sentirse en vías de extinción y hacer balance de la guerra y paz que había sido su vida vio que casi todo eran ficciones: ni había cabalgado por La Mancha desfaciendo entuertos ni navegado 20.000 leguas en la estela de un cachalote blanco invencible. Tampoco pudo vencer a Goliat ni luchar contra un ángel que le impusiera el nombre de Israel. Esa sucesión de crimen y castigo que es el tiempo le dejaba muchos recuerdos que iban fluyendo, como por un kantele, a través del río que nos lleva, del río del olvido en el que él seguía siendo el peregrino. Pensó que había perdido a Penélope por demorarse en exceso en los abrazos de Circe y Calipso, y que haber cruzado su propio infierno no le había hecho ganar valor a ojos de Beatriz, aunque el desorden de su nombre le hiciera perder la razón y llegase a desear que le arrancara la vida allá por los oasis prohibidos. En ese prolongado juego de rayuela nunca llegó hasta el árbol solo ni pudo reinar en el país de la luz para escribir luego sus memorias. No esperaba un nuevo aleph. Pero al final, antes de dudar por última vez entre ser o no ser, antes de convertirse en una página más del libro de arena, hilvanando muchas retahílas llegó a contar 1.001 noches felices de entre cien años de soledad,  y así se despreocupó de la primavera de luto que esperaban sus parientes.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Feliz Navidad

¿Fueron aquéllas las mejores Navidades de nuestra vida? No me atrevería a asegurarlo porque el recuerdo es traicionero, pero sin duda aquel diciembre fue el principio de todo lo bueno que nos ocurrió en la vida. Evoco cada momento: poner el belén, adornar el árbol, dejar el calcetín junto a la chimenea, y eso sí, no dejar de pensar en que se cumplía un año de aquel accidente aéreo que había dejado ciento seis muertos. La noticia nos había amargado el día cuando nada nos faltaba para creer que todo iba bien en el mejor de los mundos posibles. ¡Un número de tres cifras! Las lágrimas son pertinaces pero había que ahuyentar del recuerdo a todas las ilusiones que arrastraban consigo esas tres cifras que nos confundieron la tarde.
  Pero había pasado ya un año y tener demasiado al azar en la mente daña el sentido de la realidad, así que nuestros ánimos, sin necesidad de hablar pero intuyéndose mutuamente, construían la tarde más intensa de nuestra todavía breve vida en común. Con el paso de los años, todo lo de aquel día se nos presenta revuelto, el bolígrafo, las deudas que amenazaban nuestra felicidad, una mujer muerta por su marido, el teléfono incitante en la esquina, el consuetudinario suicidio ritual, la madre que ocultó durante años los cadáveres de sus hijos, los nervios correteando, el encuentro inesperado de una guarida de narcotraficantes que antes de caer se habían llevado por delante a varios guardias civiles, el grito al abrazarnos cuando acabó por fin el telediario, la llamada con los ojos en el papel, la cara ardiendo y el pecho al borde del reventón, la respiración largamente contenida, el gas que destripaba un edificio y la tarde sin tiempo. Todo se mezcló con esa noche despejada y fría, llena de rayos y truenos que callábamos por no atrevernos a  presenciar cómo la confusión rompía sus últimas cadenas.
   Insomnio, frenesí, sudor y pedazos de consciencia prendidos en las sábanas eran las señas de identidad de aquella hora en que, agotados como si estuviéramos despiertos dos veces, nos devolvió a la realidad el timbre al que siguió la irrupción del motorista precedido por un sobre en el que sólo alcanzamos a reconocer el sello de urgencia y el logotipo. Todos los deseos amontonados y arrugados por los años se desplegaron de golpe al saber que ya teníamos los 100.000 euros por acertar el número de muertos del telediario del día anterior, pero el estallido fue indescriptible al abrir el sobre y ver el cheque del millón por coincidir dicho número con las dos últimas cifras del gordo de  Navidad.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Allá películas

Veintiocho días después, el último hombre vivo ya era leyenda.

¿Quién iba a esperar que tales películas fueran premonitorias? Calles vacías, hordas de albinos que salían de noche al no poder soportar la luz del sol, víctimas de las ratas que iban a su vez mordiendo, y cada vez menos supervivientes que ignoraban cuál era su sitio y por lo tanto iban yendo inexorablemente al otro lado... Una vez más, la realidad superaba a la ficción.

Y mientras Inglaterra y EEUU sufrían tales calamidades, y otras, el resto del mundo vivía tranquilo.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Palíndromos sueltos

  ¿Cuál fue el primer palíndromo? Cuestión peliaguda, desde luego. Es posible que fuera Soy Dios, frase notable pues no se dijo en el tiempo sino en la eternidad; incluso es posible que este palíndromo desencadenara el big bang. (Los defensores del matriarcado ancestral opinan, por su parte, que fue Ah, soy Diosa, dicho con cierto grado de coquetería típicamente femenina.)



   Pero vamos a dejarnos de metafísicas y centrarnos más en realidades cotidianas. Periódicamente hay quien se queja y escandaliza de ver anuncios de ropa interior en la calle, considerándolos la quintaesencia de la perversión, etc. No es mi intención aquí polemizar al respecto, simplemente quiero decir que una de las marcas que más se anuncia llámase Avet, y que fue ver tal nombre y soltar de golpe: Avet te va.

  Por último, nos remontamos a los tiempos de la dinastía austriaca, cuando don Gaspar de Guzmán y Pimentel (1587 - 1645), más conocido como Conde-Duque de Olivares fue valido de Felipe III. Seguro que más de uno de sus detractores dijo: Será vil Olivares.

 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Ocre cerco

  Pintaba tranquilo, deteniéndose a recorrer cada centímetro de aquella pared que conocía desde pequeño. Una concavidad era el ojo del león y una protuberancia el cuerno del rinoceronte lanudo. La luz de la antorcha resaltaba los rojos y negros sobre el tono pálido de la piedra dócil y el ocre era un buen remate, lo que le llevó a decir:

-Ocre cerco.

  Otros consideran que era seseante, y por tanto lo que dijo fue cercos ocres, pero son simples matizaciones que no afectan al núcleo de esta historia.

  Faltaba mucho tiempo para Platón, así que podía mirar despreocupadamente al interior de la caverna y sacar mil formas que la luz de la antorcha sugería levemente. La carrera del caballo, las manchas de la hiena, el pesado revolverse del bisonte, todo salía de su mano como si una llave fuera abriendo los altibajos de la pared, hasta que le vino la pregunta:

-¿Meto tótem? ¿O no?

  Amigo Sancho, con la Iglesia hemos topado. ¿Era el mamut tótem ancestral de la tribu y se olvido de él, o, peor aún, lo puso en segundo plano? ¿O bien el susodicho proboscídeo era tabú y aun así lo pintó? Nunca sabremos a qué posibilidad se refería el chamán de la tribu cuando airado le espetó:

-Tú mamón, no mamut. 


Dedico este relato a los artistas libres e incomprendidos.

martes, 10 de diciembre de 2013

La chica del anuncio II

                                                                         A Pilar López de Ayala
                                                                                          

 

Apenas si la he visto un par de veces y no se me va de la mente. Ese rojo tan vivo del vestido, ese fuego en la mirada, el pelo... Y la expresión de dominio al darle la bofetada. Yo sería feliz de ser abofeteado por una mujer tan bella si el precio de la bofetada fuera poder gozar de su mirada un solo momento. Sería feliz de sentir sobre mí el peso de una culpa si el perdón se obtuviera con una bofetada de ella. Y si la bofetada se acompañara de una sola mirada de esos ojos henchidos de furia ya me sentiría en el séptimo cielo. Bien se ha dicho que manos blancas no ofenden y yo añadiría que ciertas manos acarician hasta cuando abofetean. Si me abofeteara mil veces por una sola mirada me daría por satisfecho y por un beso no me importaría recibir de ella bofetadas, arañazos, pisotones y lo que hiciera falta, pero siempre a condición de que me mirase desde arriba y me dedicara al menos una fracción de segundo de esa sonrisa. Ah, lo que sería capaz de hacer yo para ser digno de una de sus sonrisas, para merecer su mirada y...

                  ***       ***         ***

 Reconozco que me pasé al darle a mi marido esa bofetada, qué le vamos a hacer. No era la primera vez que llegaba a casa tarde y un poco achispado, vaya olor a champán que traía.  Pero lo que no ha dejado de desconcertarme desde entonces es la cara de felicidad que puso al recibir el golpe y cómo, con los ojos como platos, con cara de estar alucinando en colores, se dejó caer, me abrazó las rodillas y se quedó mirándome completamente flipado.