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lunes, 30 de diciembre de 2013

El Bibliotecario de Babel

Aún no sé qué me hizo sospechar de esos dos aspirantes a
bibliotecarios que decían haber sido, en una época anterior de sus  vidas, cura y barbero.

MEDRANO, Alejandro: Memorias de un funcionario del INEM 


 Aunque ya era viejo no leía novelas de amor, pero al sentirse en vías de extinción y hacer balance de la guerra y paz que había sido su vida vio que casi todo eran ficciones: ni había cabalgado por La Mancha desfaciendo entuertos ni navegado 20.000 leguas en la estela de un cachalote blanco invencible. Tampoco pudo vencer a Goliat ni luchar contra un ángel que le impusiera el nombre de Israel. Esa sucesión de crimen y castigo que es el tiempo le dejaba muchos recuerdos que iban fluyendo, como por un kantele, a través del río que nos lleva, del río del olvido en el que él seguía siendo el peregrino. Pensó que había perdido a Penélope por demorarse en exceso en los abrazos de Circe y Calipso, y que haber cruzado su propio infierno no le había hecho ganar valor a ojos de Beatriz, aunque el desorden de su nombre le hiciera perder la razón y llegase a desear que le arrancara la vida allá por los oasis prohibidos. En ese prolongado juego de rayuela nunca llegó hasta el árbol solo ni pudo reinar en el país de la luz para escribir luego sus memorias. No esperaba un nuevo aleph. Pero al final, antes de dudar por última vez entre ser o no ser, antes de convertirse en una página más del libro de arena, hilvanando muchas retahílas llegó a contar 1.001 noches felices de entre cien años de soledad,  y así se despreocupó de la primavera de luto que esperaban sus parientes.

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