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domingo, 29 de diciembre de 2013

Feliz Navidad

¿Fueron aquéllas las mejores Navidades de nuestra vida? No me atrevería a asegurarlo porque el recuerdo es traicionero, pero sin duda aquel diciembre fue el principio de todo lo bueno que nos ocurrió en la vida. Evoco cada momento: poner el belén, adornar el árbol, dejar el calcetín junto a la chimenea, y eso sí, no dejar de pensar en que se cumplía un año de aquel accidente aéreo que había dejado ciento seis muertos. La noticia nos había amargado el día cuando nada nos faltaba para creer que todo iba bien en el mejor de los mundos posibles. ¡Un número de tres cifras! Las lágrimas son pertinaces pero había que ahuyentar del recuerdo a todas las ilusiones que arrastraban consigo esas tres cifras que nos confundieron la tarde.
  Pero había pasado ya un año y tener demasiado al azar en la mente daña el sentido de la realidad, así que nuestros ánimos, sin necesidad de hablar pero intuyéndose mutuamente, construían la tarde más intensa de nuestra todavía breve vida en común. Con el paso de los años, todo lo de aquel día se nos presenta revuelto, el bolígrafo, las deudas que amenazaban nuestra felicidad, una mujer muerta por su marido, el teléfono incitante en la esquina, el consuetudinario suicidio ritual, la madre que ocultó durante años los cadáveres de sus hijos, los nervios correteando, el encuentro inesperado de una guarida de narcotraficantes que antes de caer se habían llevado por delante a varios guardias civiles, el grito al abrazarnos cuando acabó por fin el telediario, la llamada con los ojos en el papel, la cara ardiendo y el pecho al borde del reventón, la respiración largamente contenida, el gas que destripaba un edificio y la tarde sin tiempo. Todo se mezcló con esa noche despejada y fría, llena de rayos y truenos que callábamos por no atrevernos a  presenciar cómo la confusión rompía sus últimas cadenas.
   Insomnio, frenesí, sudor y pedazos de consciencia prendidos en las sábanas eran las señas de identidad de aquella hora en que, agotados como si estuviéramos despiertos dos veces, nos devolvió a la realidad el timbre al que siguió la irrupción del motorista precedido por un sobre en el que sólo alcanzamos a reconocer el sello de urgencia y el logotipo. Todos los deseos amontonados y arrugados por los años se desplegaron de golpe al saber que ya teníamos los 100.000 euros por acertar el número de muertos del telediario del día anterior, pero el estallido fue indescriptible al abrir el sobre y ver el cheque del millón por coincidir dicho número con las dos últimas cifras del gordo de  Navidad.

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