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jueves, 26 de diciembre de 2013

Ocre cerco

  Pintaba tranquilo, deteniéndose a recorrer cada centímetro de aquella pared que conocía desde pequeño. Una concavidad era el ojo del león y una protuberancia el cuerno del rinoceronte lanudo. La luz de la antorcha resaltaba los rojos y negros sobre el tono pálido de la piedra dócil y el ocre era un buen remate, lo que le llevó a decir:

-Ocre cerco.

  Otros consideran que era seseante, y por tanto lo que dijo fue cercos ocres, pero son simples matizaciones que no afectan al núcleo de esta historia.

  Faltaba mucho tiempo para Platón, así que podía mirar despreocupadamente al interior de la caverna y sacar mil formas que la luz de la antorcha sugería levemente. La carrera del caballo, las manchas de la hiena, el pesado revolverse del bisonte, todo salía de su mano como si una llave fuera abriendo los altibajos de la pared, hasta que le vino la pregunta:

-¿Meto tótem? ¿O no?

  Amigo Sancho, con la Iglesia hemos topado. ¿Era el mamut tótem ancestral de la tribu y se olvido de él, o, peor aún, lo puso en segundo plano? ¿O bien el susodicho proboscídeo era tabú y aun así lo pintó? Nunca sabremos a qué posibilidad se refería el chamán de la tribu cuando airado le espetó:

-Tú mamón, no mamut. 


Dedico este relato a los artistas libres e incomprendidos.

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