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lunes, 24 de febrero de 2014

Herencia navarroegipcia

  Decía el ínclito José Ramón Urío Bengoechea, en una de sus consuetudinarias diatribas anticlericales, que el alma la inventaron los egipcios; de éstos pasó a los judíos, de éstos a los cristianos y de éstos a los navarros, pero no era de esto de lo que quería hablar hoy.
  Un pueblo de Izagaondoa se llama Iriso, nombre que de buenas a primeras sugiere el Arco Iris, sus siete colores entre la lluvia rezagada, y por tanto el renacer, pero nos da una curiosa sorpresa:

            Osiris Iriso.

 Cambiando de ambiente, de las umbrías colinas prepirenaicas nos vamos a la soleada Ribera, cerca de donde el Ebro se ensancha con los tres aportes -Ega, Arga y Aragón, etc.-, y ahí tenemos otro pueblo, Sesma, que a primera vista no parece revestir mucha importancia, pero:

           Sesma Ramsés.

 Ahí es nada, el dios de la resurrección, esposo de Isis y padre de Horus, y el faraón en cuyos tiempos alcanzó Egipto su mayor gloria y prosperidad están palindrómicamente ocultos en la toponimia navarra. ¿Habrá más? Desde aquí animo a explorarla a cuantos egiptólogos no se vean con ánimos para dirigirse al país del Nilo.

 En cualquier caso, no es de extrañar que J.R.U.B, gran espíritu de contradicción, al considerar que su segundo nombre era teóforo por partida doble -Ra y Ammón-, eligiera como deidad propia al monstruo más temido por los antiguos egipcios, el hipopótamo.


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