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viernes, 18 de abril de 2014

El Nobel de García Márquez

       











                                                                   Ya me jodieron.

                                                         G.G.M. al saber que había recibido el Nobel.


21 - X - 82;
hoy el coronel Aureliano Buendía 
ganó su guerra número treinta y tres,
José Arcadio Buendía se desató del castaño
y Úrsula Iguarán salió de su tumba. 
El duque de Marlborough
desempolvó su traje de tigre
y hasta don Zacarías Alvarado,
preso en el reino de la muerte,
vio motivos para una sonrisa
y se sintió un poco menos solo.

No faltaron los herederos de la Mamá Grande
que huían, desesperadamente,
de aquellos voraces basureros.
El cocodrilo sagrado
chapoteó en su laguna
y las mareas del Caribe
saltaron varios metros,
cubrieron costas
e inundaron pueblos
bajo la luz de un sol
bobo, áspero, bermejo...

Remedios la Bella
volaba desnuda,
como una diosa.
Y Luis Alejandro Velasco,
por si acaso,
no dejó de llevar consigo
su vieja balsa de náufrago;
no olvidaba que los peores tiburones
son los que nadan cerca del fondo de los sueños.
Isabel no dejó de ver llover
en Macondo
pero su monólogo
se hizo más alegre.
Y no en mala hora
(en otoño)
la hojarasca volteó
y se incorporó a la tierra
para seguir el ciclo de los años.

No se sorprendió Melquíades,
pues alguna esfera mágica
(quizás de chamanes tibetanos)
se lo había revelado.
Y la mirada de su fantasma
alegró las ciénagas de la muerte.

La cándida Eréndira,
riendo como una loca,
se paró en medio de la playa
y corrió al encuentro de Ulises.
El nuevo día los sorprendió
entre mariposas
llenas de olor de guayabas.
No faltó un señor muy viejo
con unas alas enormes,
pero andaba algo perdido
en aquella reunión.

Y en una aldea remota
de Colombia,
a la que sólo se llega por el río,
un coronel anónimo,
por fin,
recibió el correo.
Un Aureliano y una Amaranta
(no vale la pena contarlos)
se abrazaron en una vieja casa
cuyas paredes de nuevo rieron
al sentirse otra vez habitadas.
Y aunque no lloviera,
todos fueron felices
cuatro años, once meses y dos días,
que es tanto como decir
siempre.



Pero todos comprendieron.
Y nadaron una vez más en la exquisita mierda de la gloria,
mientras morían de viejos y de desilusión.
Sí, de esa desilusión constante como el fango
y creciente como el musgo,
que se pega a la piel
y presagia la segunda muerte,
la definitiva, la del olvido.

Pero, mientras el silencio se cerraba sobre ellos,
y una voz, desengañada y cínica, decía:
Ya me jodieron.
se dieron cuenta
de que ya no eran fantasmas,
que no eran brumas de niebla
ni miasmas de los pantanos
ni borracheras de tinta.
Y que su historia,
por fin,
había llegado al mundo.

A un mundo libre
de patriarcas y similares.
Libre de cobardes y de sicarios,
libre de todos aquellos
que deben ser devorados
por los zopilotes del olvido.
Un mundo nuevo,
una dorada Arcadia fértil,
llena de flores amargas
e inmortales.

Un mundo sin inquisiciones
ni pactos patrióticos.

Un mundo
que sonría a los cometas
y no anuncie muertes absurdas
en nombre de un absurdo honor.

Un mundo sin profecías
ni presagios.
Mundo de amores sinceros
que nunca sean castigados
con colas de cerdo ni hormigas.
Un mundo en el que nadie olvide
que eran más de tres mil
y los tiraron al mar.
Un mundo, en suma,
donde las estirpes condenadas
a cien años de soledad
tengan una segunda oportunidad sobre la tierra.

24 - XI - 97, tras quince años de vueltas.

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Ayer murió Gabriel García Márquez. Otra forma de homenajearle es releer alguno de sus mejores fragmentos como:

 Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era una aldea de veinte casas de barro y cañabrava a orillas de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Hasta siempre, Gabo. 

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